¿Podemos cambiar dinámicas milenarias?

 

8 de marzo de 2026, día de la mujer

¿De dónde nace una estructura social que se divide y ramifica en estratos donde la sumisión y el poder entran a definir la forma de relacionarnos?

¿Cómo es posible que un animal social y colaborativo adopte roles donde el veneno, el ansia de control y el miedo a perder, forme parte intrínseca de un pensamiento inconsciente, que se engrana y fortalece a lo largo de los siglos, sin que nadie pare a cuestionarse si esto es de verdad lo que queremos?

Compañeros o enemigos. ¿Qué somos?

El miedo, esa emoción tan poderosa y eficaz, se ha convertido en un motor de acción. Actúa desde todos sus prismas para manifestar tendencias y formas de gestionar nuestra realidad.

¿De qué tenemos miedo? De no pertenecer. De salirnos de la ecuación. De nos ser vistos. De no ser amados. De no ser libres. De sufrir. De no ser creídos. De morir.

¿Quién sostiene este hilo conductor? Los poderosos que saben que han llegado a ese lugar desde lugares inciertos, sospechosos, volubles, injustos, llamemos a sus modos, formas ilegítimas, para sostener una posición que saben a ciencia cierta, no es suya.

Quienes funcionan desde el miedo lo saben. Son los primeros atemorizados. Saben del poder que logra su estrategia porque ellos mismos lo sufren. Desde una situación muy endeble y frágil ejercen una forma de violencia, sutil o no, contra los demás, en aras de perpetuar un sistema desigual con roles activos muy claros de verdugo-víctima, u opresor-sometido.

Podríamos extrapolar este análisis a muchos estratos de la sociedad, clases sociales, creencias religiosas, razas, todo aquello que nos diferencia y nos hace únicos puede convertirse en una perfecta excusa para interponer un desequilibrio pernicioso.

Pero hoy estamos hablando de otra cosa, estamos hablando de hombres y mujeres. Géneros que forman parte de nuestra identidad, que nos diferencian y dignifican. Es innegable que somos diferentes y complementarios y cada uno desde nuestro lugar podemos dar gloria a nuestra especie. En definitiva, somos seres humanos.

El fin último de que aparezcan dos géneros en una especie es la reproducción. Así es. No tratemos de buscar motivos mucho más complejos o enrevesados. La reproducción sexual le otorga a una especie mejoras que de otra manera no sucederían. Con ello logramos fortalecer nuestro manual de instrucciones, introducir variabilidad en el proceso evolutivo con las mejoras que hay implícitas para la supervivencia de la especie.

Por lo tanto, si dos géneros provocan mejoras para la especie, ¿por qué nosotros hemos rizado un rizo inexistente y generado una lucha entre dos palancas que trabajan en la misma línea y buscan el mismo objetivo? Estar mejor. Mejorar. Sobrevivir con más capacidad. Ser más eficaces, fuertes y saludables. ¿Quién creyó que era lo contrario? No competimos, trabajamos en equipo para construir una sociedad más empoderada, más sana y que lleve en sí misma integrada la mejora continua.

De esta intención a la realidad hay mucho camino por recorrer. Las mujeres desarrollamos nuestra vida dentro de un sistema patriarcal donde, en países como el nuestro, desarrollamos el doble de funciones en el hogar (con culpa además), recibimos un 20% menos de salario que los hombres (para el mismo puesto, son datos del INE no míos), ocupamos el 35% de los puestos directivos y además, llevamos en nuestra carga social el perfeccionismo dirigido a todas las áreas de nuestra vida. No olvidemos nuestro aspecto físico, no se nos está permitido envejecer, ser feas, masculinas, gordas, tener pelo, qué sé yo.

Pero si nos trasladamos a otros países, la situación es más lamentable, niñas casadas con adultos, cero acceso a la educación, inexistencia de la libertad de movimiento, agresiones toleradas intrafamiliares, violaciones castigadas, etc. Parece que hemos de estar agradecidas por haber nacido en este capítulo de la historia y en este país. A pesar de todo.

Por otro lado, hay otros aspectos que no conviene olvidar y menos aún negar. La violencia machista forma parte del pensamiento colectivo, tanto de hombres como de mujeres.

Las relaciones de pareja donde la violencia de género existe empiezan, se mantienen y terminan mal. Las probabilidades de muerte son altas. Se pierde la salud física y mental, la independencia propia del ser humano e incluso los hijos. Se estigmatiza antes a la víctima, porque lo “tolera”, que al agresor. Se generaliza un discurso de que esto entre los nuestros no sucede, viene de fuera, y si aparece dentro de nuestro círculo lo negamos, miramos a otro lado. Resulta tan incómodo que preferimos expulsar a la mujer que protegerla o validarla. La realidad es dura, pero más difícil es para aquellas mujeres que se encuentran en ese lugar, no nos olvidemos de ello.

Creo que, como mujeres adultas, responsables y con capacidad de cambio y mejora, somos necesarias para generar el cambio en nuestro entorno. Podemos actuar desde la concienciación, generación de alianzas, ejecución de transformaciones. Debemos permitir y sostener el reconocimiento. El objetivo es la mejora continua. Es ese “trabajamos de manera conjunta” entre nosotras y con los hombres para lograr de nuestra especie un orgullo. Y si tuviéramos que definir una variable a priorizar, sin lugar a duda, lo que lograríamos sería mejorar nuestra humanidad.

 

 

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