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Te suelto

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  Encadenados, observo tu mirada oscura y opaca Recelo tu gesto calculado de tensión Me ahogo en mi cuerpo que me mantiene atrapada   Grito seco en mi garganta, rompe las ondas de mi serenidad Atrae a los cuervos que picotean la semilla de mi pecho Hay serpientes venenosas que se enredan en mi oquedad   Llueve en mi rostro, corrientes que limpian Los insectos que huyen a mis oídos de muda sordera Beso los golpes que mi cuerpo lastra   Te suelto, el mar te abraza, lo observo desde la arena Tsunamis arrastran tu cuerpo hacia otros mares Me protejo entre las rocas que rompen las cadenas   El sol naciente acaricia los límites de mi mirada La brisa trae gaviotas que anuncian la marea Te veo náufrago que resurge en orillas lejanas   Despido mi rugido a cada golpe de ola Me alejo por las huellas de senderos nuevos Mi playa dorada que a mi cuerpo acomoda

Y si...

 Y si el rayo de luz encuentra su destino que le hable de mi amor que busca cobijo que le diga que me espere al otro lado del mar que le cuente de mi alma que ansía su abrigo.   Y si la tormenta busca un hogar seguro que lo decore de jaras, sabinas y enebros que se acomode entre telas de satén y raso que acojan su cuerpo y calmen su temblor.  
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Piso el muérdago mullido, me apoyo en la rama que nutre con salvia mis alas. Te observo a lo lejos, caminas solo, mirada perdida a cada paso que das.   Grito con fuerza, que nada nos corte la sangre caliente antaño morada. Te mando un suspiro, aliento templado recuerdo de anhelos que prenden fogatas.   El aire pesado, presagia los truenos de cada tormenta que arrecian la frente. Caricias de brisas secan la lágrima, fluida corriente, mi herida latente.

La caracola

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La veleta del tejado no para de girar. La escucho desde mi cama. Me giro y me tapo con la almohada. No me deja dormir. La madera del desván cruje. Me duele la cabeza. Mis piernas se tensan, me tapo con la sábana hasta la barbilla. Miro al techo y busco la tabla que cruje. La ventana se abre de par en par. Las puertas golpean contra la pared con fuerza. Entra en mi habitación una bandada de golondrinas. Son más de diez. Grito lo más alto que puedo que se vayan. Me tapo la cabeza con la sábana y me acurruco cuanto puedo. Las golondrinas vuelan sobre mí. Alguna me roza y otras chocan contra las paredes emitiendo un ruido sordo. La respiración se me apaga. Mi corazón bombea tan fuerte que puedo sentir su pulso sobre mi pecho.   Cuento, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Una golondrina golpea mi pierna, pierdo la cuenta. Uno, dos, tres y se escucha cómo se cierra la ventana seguido del silencio. Permanezco quieta unos minutos con la cabeza bajo las mantas y mis manos sobre mi ...

El ocaso

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El ocaso de mi vida se acerca, sutil con paso lento que acaricia el terciopelo del jardín Sabe a dulce sabor de cerezas y melocotón, luces tenues, horizonte claro, aroma de jazmín.   El ocaso de brotes verdes y fuertes raíces de mi viña Dibuja luces y sombras como bosque de laureles y hayas entre recuerdos de amor y dolor, de pámpanos y sarmientos que curan y calman el rastro lejano de mis heridas.   El ocaso trae silencios, se presenta liviano e incierto de segundos y latidos de almas compañeras Siento en mi piel el abrazo de la brisa marina, la espuma de mar, los saltos de olas, llegó el atardecer, bajó la marea. 

La semilla

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  Laura se ha despertado con algo de dolor de cabeza. Esta noche ha hecho calor y olvidó de nuevo abrir la ventana para dejar que la brisa del mar refrescara su dormitorio. Se mira al espejo con aspecto somnoliento, el pelo enredado, la ropa arrugada y los ojos a medio abrir. Con algo de dificultad observa que una mancha del tamaño de una nuez aparece en su mejilla derecha. Se acerca al espejo y se limpia la cara con una toalla mojada, pero su esfuerzo no sirve de nada. Con algo de maquillaje la disimula. La siente caliente, late y emite un cosquilleo que recorre parte de su rostro. Hoy es un día importante, se va a celebrar el juicio del accidente de sus padres. Cada vez que lo recuerda la mancha late más fuerte y el dolor de cabeza se hace más intenso. Va a la cocina a desayunar. El aire se pega espeso contra su piel y le recuerda que lleva más de una semana sin ventilar la casa. Decide abrir la ventana y así aprovecha para observar el océano.   El aire entra bravo y...

Hogar de nácar

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Sigo huellas antiguas que me llevan hacia espuma salada repleta de vida. Calmo mi cuerpo con el frío de la mar, tomo la caracola irisada, perla cautiva.   Cantan sirenas con coronas de alhelís, ecos del mar que en mi oído reposan. Corrientes de océanos, caricias para mí, concierto de ballenas azules y mariposas.   Siento la sangre calentar mis venas. camino hacia lo hondo, buscando el albor. Nado con delfines hacia tierras ajenas, hogar de nácar, lecho de nuestra unión.