La semilla

 


Laura se ha despertado con algo de dolor de cabeza. Esta noche ha hecho calor y olvidó de nuevo abrir la ventana para dejar que la brisa del mar refrescara su dormitorio. Se mira al espejo con aspecto somnoliento, el pelo enredado, la ropa arrugada y los ojos a medio abrir. Con algo de dificultad observa que una mancha del tamaño de una nuez aparece en su mejilla derecha. Se acerca al espejo y se limpia la cara con una toalla mojada, pero su esfuerzo no sirve de nada.

Con algo de maquillaje la disimula. La siente caliente, late y emite un cosquilleo que recorre parte de su rostro.

Hoy es un día importante, se va a celebrar el juicio del accidente de sus padres. Cada vez que lo recuerda la mancha late más fuerte y el dolor de cabeza se hace más intenso.

Va a la cocina a desayunar. El aire se pega espeso contra su piel y le recuerda que lleva más de una semana sin ventilar la casa. Decide abrir la ventana y así aprovecha para observar el océano.  

El aire entra bravo y veloz desordenando su pelo y todo lo que encuentra a su paso. Se genera un pequeño remolino de humedad que hace volar todo lo que encuentra a su paso: los restos de comida, los papeles, la ropa tirada por el suelo y el polvo acumulado.

Laura observa este espectáculo con los ojos abiertos de par en par mientras sujeta su melena con una mano y la ventana con la otra. El remolino se acerca a ella y le acaricia el rostro con su frescor antes de salir de nuevo al exterior hasta perderse en el horizonte.

Cierra la ventana para asegurarse de que todo vuelve a su sitio. Con un leve gesto suspira y se mira en el reflejo del cristal de la ventana. La mancha continúa, pero ahora se ha teñido de color verde y ha adquirido un aspecto redondeado. El maquillaje ya no logra disimularla.

Cuando llega a los juzgados puede ver cómo una docena de periodistas se amontonan en las escaleras de la entrada. Un golpe suave en su espalda le hace pararse y descubre a su abogada que la mira con cariño.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —le dice.

—No sé qué es esto, me levanté esta mañana con mucho dolor de cabeza y esta mancha de color marrón, después por arte de magia o quizás de la brisa marina se ha vuelto verde y ahora noto cómo me recorre la nariz… ¿tengo algo en la nariz también?

Su abogada la mira sorprendida y le toca con su dedo índice la cara. Recorre el contorno de la mancha y el recorrido que hace hasta la línea media de la nariz

—Más o menos te llega hasta aquí Laura—le dice con cariño.

Laura asiente despacio y deja caer su mirada al suelo. Siente cómo le palpita la sien y aprieta con fuerza la mandíbula.

Conforme se acercan a la sala donde se va a celebrar el juicio la semilla rompe la piel y brota hacia el exterior. Pega un respingo pues siente algo que crece rápido desde su mejilla y asciende hacia su ojo derecho. Con la mano toca ese tallo fino y flexible que se resiste a dejar de crecer. Lo coge y lo trata de arrancar sin éxito. Siente como más tallos crecen hacia su interior y se aferran a su cuerpo. Laura quiere gritar, pero no puede. Tan sólo agarra con más fuerza a su abogada que ya no la mira pues se encuentra repasando los papeles y notas importantes para su caso.

Se sienta en su silla con incomodidad y gira su cabeza de un lado a otro para ver si alguien se ha dado cuenta de lo que le está sucediendo. Pero nadie la observa a excepción de un jilguero posado en el quicio de la ventana.

Laura se queda petrificada mirando a tan delicada ave. Ésta comienza a cantar. La sala que se encontraba con un ruido sordo de murmullos y movimiento de personas y muebles parece no darse cuenta de lo que está sucediendo. Pero Laura sí.

Tras unos minutos de melodía el ave alza el vuelo y se acerca planeando hasta la rama que ha nacido del rostro de Laura. Se posa sobre ella a descansar y con el suave plumaje le acaricia la mejilla. Laura siente cómo su cuerpo se relaja y el sudor de su espalda se seca.

Comienza el juicio. El juez se encuentra al fondo de la sala y va llamando a distintas personas que hablan de lo que sucedió: policías, testigos, los médicos de la ambulancia.

Las palabras resuenan en su cabeza, las lágrimas se agolpan en sus ojos y la barbilla le empieza a temblar. Pero Laura no quiere llorar.

El jilguero canta de nuevo y le acaricia al tiempo que los minutos del juicio pasan. Suena cómo se abre la puerta y sale volando.

Entonces aparece él. Se trata de un chico joven. De unos 20 años. Con aspecto algo desgarbado, alto, con el pelo corto y gafas de pasta oscura. Lleva puesta una camiseta blanca mal planchada y unos pantalones vaqueros viejos.

Laura rompe a llorar, gime y se retuerce sobre su asiento. Aprieta sus puños y golpea la mesa. Le mira con dureza. Sabía que era joven y que había bebido mucho. Había escuchado que quizás no se había equivocado de sentido por error y que podría tratarse de un kamikaze, que estaba pasando por momentos difíciles, pero todos esos rumores no le hacían sentirse mejor.

De pronto, descubre en su mejilla una semilla. Igual que la suya. Del mismo tamaño que la que había descubierto esta mañana en el cuarto de baño.

La semilla del chico se retuerce dentro de su cara como si tuviera vida propia. Tras unos segundos girando sobre sí misma se transforma en suaves colores verdes y brotan ramas hacia el exterior.

Laura grita. La sala entera queda en silencio y descubre al juez mirarle con ojos inquisidores. Laura se disculpa al tiempo que toca su ramita de la cara y la retira detrás de su oreja.

El acto continúa y llaman al chico a declarar. Éste camina con paso lento y taciturno. No levanta la mirada del suelo y arrastra los pies hasta el estrado.

Tras las clásicas frases protocolarias se sienta en una silla y mira a Laura de frente. Las ramas que brotan de su mejilla no paran de crecer. Su cara se oculta tras ellas. Tan sólo se puede escuchar su voz que dice lo siento una y otra vez. “Lo siento. Lo siento. Lo siento. Me siento tan mal. Tan avergonzado y triste. Lo siento.”

Laura se levanta furiosa, su cara arde y sus ojos estallan en fuego. La rama se suelta de su oreja y se retuerce por su cara y su cuello. Ese tallo flexible y suave se convierte en tronco duro y áspero que le impide respirar. Se estrecha y le ahoga al tiempo que le grita palabras de odio y venganza.

De pronto todas las ventanas se abren de par en par y el viento entra con furia en la sala. Gira en torno a todos y se lleva a los presentes excepto a Laura y el chico. Sus raíces han crecido y les han anclado al suelo lo que impide que la tormenta pueda arrastrarles.

El ruido es ensordecedor y no permite que sus palabras o gritos puedan escucharse. El chico está envuelto por un manto de hojas y Laura está atrapada en un tronco duro que le oculta tras sus ramas secas.

El ojo del huracán se acerca a ellos y les susurra palabras que resuenan en sus oídos. “Dejadlo volar, dejad que el viento se lo lleve”.

Laura grita y llora deseos de venganza. Al tiempo el chico permanece mudo y se encuentra envuelto por completo en hojas que lloran tristeza y desolación. Se escucha de nuevo al huracán: “La vida está detrás del viento”.

Una docena de jilgueros entran en la sala y sobrevuelan a los dos chicos, tomando ramas secas y hojas con sus picos. Poco a poco tejen un nido que los rodea y crece a su alrededor.

Apenas quedan hojas y ramas en sus cuerpos. Se encuentran dentro del nido construido con su tristeza y su rabia. El silencio regresa y se escucha el eco de sus corazones.

Los dos se miran. De las paredes del nido brotan flores de todos los colores que emiten aromas dulces y embriagadores.

Sus corazones se sincronizan. Sus respiraciones se acompasan. Laura acerca su mano a la del chico. Nota sus dedos fríos, húmedos. Los agarra y los frota hasta que recuperan el calor. Él la mira con los ojos cubiertos de lágrimas y vuelve a repetir sus palabras:

—Lo siento.

Laura le abraza y le susurra al oído.

—Hace un rato un jilguero me cantó que dejara de alimentar al árbol muerto. El silencio de su nido me lo ha recordado.

El chico llora con desconsuelo por lo sucedido sin dejar de abrazarla. Laura le besa la mejilla y le dice: “el viento te ha dado otra oportunidad aprovéchala y vive. Yo también he recibido la mía.”

 

Pilar Pastor

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