La caracola


La veleta del tejado no para de girar. La escucho desde mi cama. Me giro y me tapo con la almohada. No me deja dormir. La madera del desván cruje. Me duele la cabeza. Mis piernas se tensan, me tapo con la sábana hasta la barbilla. Miro al techo y busco la tabla que cruje.

La ventana se abre de par en par. Las puertas golpean contra la pared con fuerza. Entra en mi habitación una bandada de golondrinas. Son más de diez. Grito lo más alto que puedo que se vayan. Me tapo la cabeza con la sábana y me acurruco cuanto puedo. Las golondrinas vuelan sobre mí. Alguna me roza y otras chocan contra las paredes emitiendo un ruido sordo.

La respiración se me apaga. Mi corazón bombea tan fuerte que puedo sentir su pulso sobre mi pecho.  

Cuento, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Una golondrina golpea mi pierna, pierdo la cuenta. Uno, dos, tres y se escucha cómo se cierra la ventana seguido del silencio.

Permanezco quieta unos minutos con la cabeza bajo las mantas y mis manos sobre mi pecho.  

Alzo la mirada hacia mi habitación. No veo nada. Me incorporo. Ya no se escucha la veleta, los tablones no crujen. La ventana no está en el lugar de siempre y observo en la esquina un balcón desde el que entra la luz del amanecer. Se escuchan las olas y el sonido de alguna gaviota.

Respiro hondo. Huele a sal. Avanzo unos metros y me asomo al exterior. El aire húmedo y salado moja mis labios y me peina el cabello. Mi camisón ondea sobre mis piernas. Siento un escalofrío que me recorre de pies a cabeza. A lo lejos, veo a un caballo galopar hacia mí por la playa. Decido saltar los escasos metros que me separan de la arena. Corro hacia él. Relincha cuando se encuentra a mi lado. Le acaricio la melena.

—Lo has conseguido Pilar —me dice.

Tiene una voz suave y me mira a los ojos. Sostengo su mirada. Veo en ella brillo de estrellas sobre un cielo negro. Le sonrío. De un salto me agarro de sus crines y lo monto. Cuando estoy lista, golpeo con suavidad su lomo.

Camina con paso firme sobre la arena todavía húmeda por la marea. Se adentra entre las olas sin dificultad. El agua fría salpica sobre mis piernas. Avanza hasta que estamos en la profundidad. Dos delfines se acercan y nos escoltan conforme avanzamos hacia la oscuridad.

Se escuchan lejanos cantos de sirenas.

Nos paramos ante una enorme caracola de colores azules y violetas. Es inmensa, su apertura es tan grande que cabemos mi caballo y yo sin dificultad. Pero yo me bajo. Escucho de nuevo su relincho y se aleja por donde habíamos venido. Los delfines continúan a mi lado.

—Has llegado Pilar, entra, te está esperando. —dicen al unísono.

El tacto de la caracola es suave. Huele a mimosas y a azafrán. La oscuridad se hace presente. No escucho más que mi respiración y el palpito de mi sien.

Siento dos manos agarrarme con suavidad y me acercan para abrazarme. Entonces la escucho.

— Sabía que lo lograrías. Todas lo sabíamos. Pero sobre todo yo.

Mi cuerpo tiembla, siento su beso sobre mi frente y una caricia en mi pelo cubierto de sal. Me relajo, una lágrima desciende por mi rostro y desata una sonrisa que se convierte en grito ahogado.

Rompo a llorar con desconsuelo mientras mi cuerpo libera descargas de energía que me hacen caer al suelo. Abro los ojos y estoy en mi cama. La veleta no suena. Los tablones emiten chirridos lejanos. Me levanto y cierro la ventana. De lejos una bandada de pájaros sobrevuela el ho

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mi lirio

Dulce olor a algodón

Si yo te diera mi amor