La masa
Llegaste a mi vida, llamaste a la puerta y la abrí de golpe. Tu masa deforme entró sin pedir permiso. Con paso lento y pegajoso, me miraste con ojos desafiantes antes de cerrar con llave y te abalanzaste sobre mí como un rayo que se cuela entre los bosques.
Mi mundo se tornó gris. Mi espalda se tensó y se convirtió en mi escudo protector. Cada día me mordía las uñas hasta sangrar y apretaba los dientes como si mi vida dependiera de su sostén. Mi cuello se engrosó, mis hombros ocultaron mis orejas y una arruga profunda y vertical se abrió entre mis ojos. Me avisaba de que no podía desviar la mirada; me advertía de que cerrar los ojos podría suponer la muerte.
Ese moco que se iba adhiriendo a mis grietas me cargaba con un peso que no era mío. Caminar se convirtió entonces en un esfuerzo sobrehumano. Entró en mis oídos para susurrarme palabras de advertencia: no te relajes, no confíes, no salgas, no entres, no disfrutes demasiado, no ames, no permitas que te amen.
Llegó hasta mi mente y la llenó de ruido, de noches sin dormir, de preocupaciones improbables, de escenarios de terror. Bajó por mi columna para debilitarla, se expandió por mis costillas y llegó hasta mis órganos. Atrapó mi corazón y lo inundó con su gel envenenado. Colapsó mis pulmones hasta llevarme al ahogo, se introdujo en mi estómago y en mis vísceras, causando dolor y calambres. Descendió por mis piernas y las agarrotó hasta impedirles estirarse. El dolor amputaba la posibilidad de huir.
En definitiva, la masa me había atrapado.
Comentarios
Publicar un comentario