Camila
Había una vez una muñeca de trapo. Se llamaba Camila y vivía en lo alto de una colina rodeada de gaviotas y galápagos.
Camila solía salir a pasear cada día por el bosque para alimentarse de flores silvestres y nubes de algodón. Un día salió a realizar su caminata habitual, pero olvidó cerrar la puerta.
Cuando regresó, vio que alguien había entrado. Se asomó y preguntó con cautela si había alguien allí, pero nadie contestó. Abrió por completo la puerta y avanzó sigilosa. De pronto, el suelo se hundió bajo sus pies y cayó sin remedio por una profunda sima.
Las rocas la golpearon y sus aristas abrieron grandes brechas en su cuerpo. Tras unos segundos de caída libre, cayó sobre un suelo enfangado y maloliente.
Se hizo la oscuridad.
Camila miraba de un lado a otro con el cuerpo dolorido y la cabeza magullada, pero la negrura le había robado la vista. Lloró un día tras otro. Miraba hacia lo alto de la sima y escuchaba el eco de gritos y amenazas. Permaneció inmóvil hasta que algo le susurró al oído.
Camila dio un respingo y se alejó de aquel sonido, pero volvió a escucharlo. Un pequeño tintineo de cascabeles daba vueltas a su alrededor. Al principio, Camila hizo como si no lo oyera. Después cantaba para sí misma, tratando de evitar que pudiera escucharse. Pero un buen día distinguió a lo lejos:
—Eres mi ilusión.
Al poco tiempo, un rayo de luz entró por un pequeño agujero de la pared de la cueva. Camila lo miró con desconfianza. El sonido de los cascabeles provenía de allí. Con sus manos jugaba a cortar el rayo y dibujaba figuras fantásticas.
A la mañana siguiente despertó y descubrió bajo su cuerpo un lecho de girasoles. Los tallos entrelazados le servían de apoyo y las flores mullidas, de almohada para su cabeza de trapo. Camila buscó el lugar por el que aquellas flores podrían haber entrado en la cueva, pero el agujero que daba paso a la luz era demasiado pequeño.
Sonrió y se trenzó el pelo con esmero.
Ese día Camila no lloró y decidió contestar a los cascabeles:
—Sé que estáis aquí. No me dais miedo.
Cuando terminó de pronunciar la última palabra, una enorme piedra se movió con un gran estruendo. La luz cegadora dio paso a un campo de margaritas y tulipanes. Camila soltó una sonora carcajada y se apresuró a salir.
Sus largas trenzas se deshicieron con suavidad y los remiendos de su cuerpo se cubrieron de mariposas. Un soplo de aire las impulsó y Camila ascendió en un vuelo liviano hasta lo alto de su amada colina. Desde allí pudo contemplar a un ejército de saltamontes que saltaba al ritmo de delicados cascabeles.
Con un grito de júbilo hizo que grandes nubes se unieran para descargar una lluvia dulce y templada. Cuando regresó el sol, las mariposas la posaron ante la puerta de su hogar.
Camila, con un gesto seguro, se despidió de ellas y colocó sobre la sima un puente de amapolas y rizomas. Avanzó sobre él y, por fin, regresó a casa.
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