Nací un 8 de noviembre
Nací un 8 de noviembre.
Como cada miércoles, mi madre preparó la comida para toda la familia, a pesar
de los más que evidentes dolores que le anunciaban que yo estaba llamando a la
puerta.
Con algo de hastío, llamó
a su entonces marido, que fue mi padre, para avisarle de que iba a coger un
taxi que la llevara al hospital. Nací a la hora de comer. Dejé a todos con
hambre y sin siesta.
Me alimentaron con dosis
de papilla amarga, con tropezones de mandato y regusto de culpa. Mis ropas
almidonadas me apretaban el abdomen y cortaban el flujo de oxígeno a través de
mi tráquea. Mi pelo tirante mostraba mi rostro cetrino y cansado frente a una
realidad que resultaba incómoda para todos.
Cada cierto tiempo,
soltaba mi melena y me nutría de dulces moras del campo. Tiraba mis zapatos al
río y vestía con una camisola vieja. Me subía a Lucero y, con tan solo una
caricia, me adentraba en bosques encantados. La brisa teñía mi piel de café con
leche y mis ojos volvían a brillar.
Cuando me iba a dormir,
cuidaba de que mi cama tuviera las sábanas bien remetidas para que las arañas y
los alacranes no pudieran acceder a mi cuerpo. Dormía con mi perro apoyado en
mi almohada; sus ronquidos calmaban mi respiración. Chupaba con ansia la colcha
para calmar mis miedos. Los sueños se mezclaban con monstruos que me perseguían
sin descanso. Yo corría despacio, volaba bajo, salía desnuda y perdía mis
dientes cada noche. Pero también viajaba lejos, nadaba fuerte, bailaba lento y
reía con sonoridad.
Hubo un momento en que
los sueños se convirtieron en un hogar cálido y acogedor. Creé una casa de
colores delicados, con plantas y libros, bebés que ríen y perros a su
alrededor. Soñé con viajes, con cumbres de roca antigua azotadas por vendavales
de vientos lejanos, bosques tropicales y ciudades con otros olores y colores.
Crecí lento; mis sueños
me mantuvieron atrapada en un oasis del que era difícil salir. Si asomaba mi
cuerpo al exterior, las ratas me pisaban los pies y las risas huecas atronaban
mis oídos.
Así que huí. Un día de
primavera, como cualquier otro, salí corriendo sin mirar atrás. Cogí lo poco
que tenía y lo até en un atillo que pesaba tanto como mi desesperación. Me subí
al primer tren que llevaba a ninguna parte y cerré la puerta del país de mis
sueños para nunca más regresar.
Pasaron los años y me fui
inundando de olvido y urgencia. Mi gesto duro sostenía el anticipo del golpe y
mi espalda tensa se fortaleció para protegerme de la ira ajena.
Busqué respuestas, pero
no las encontraba. Madrugué y trasnoché lo suficiente para que mis sueños no
regresaran a mí. Me eduqué en actuaciones dignas de mención. Oculté mis
intentos de huida bajo la negación de una realidad que cada vez se hacía más
evidente. Mantuve mi cara de inexpresión gracias a mis juegos interpretativos
de una normalidad que nunca llegaba.
Mi alma vivía dentro de
un búnker de acero que la protegía del arrecio de la vergüenza y la
envidia. A veces gritaba, pero nadie más que yo la oía, y decidí acallarla con
un golpe en seco.
—Allí no vamos a volver
nunca más. La vida es esta. Madura de una vez.
Los días se convirtieron
en cruces de un calendario que parecía no acabar jamás. La rutina se volvió un
mantra y la disciplina, un sostén.
Construí un hogar
parecido al soñado. Lo cubrí de colchas que amortiguaran la tristeza y lo llené
de risas infantiles y ladridos de emoción. Abrí ventanas en el techo que
permitieran que entrara la luz. Pinté las rejas de colores y dibujé un paisaje
tras ellas.
De lejos, una voz me
decía sin parar:
—No te pares, sigue. No
descanses porque tus sueños te alcanzarán; siguen detrás de ti. Por más que los
niegues, no te abandonarán.
Corría sin descanso.
Nunca miraba atrás porque esos sueños eran mi perdición: supondrían perder mi
calabozo dorado y a mis compañeros de vida de dientes afilados. Me llevarían al
abismo. Me sacarían los ojos y matarían a mis bebés.
Pero, por más que
corriera, las noches regresaron a mis días. Las nubes se alejaron del cielo que
me miraba con curiosidad y el sol volvió a teñir mi rostro. Surgieron caminos
hacia lugares lejanos. Llegó la ilusión de un hogar que podría ser familia. Mis
oídos se llenaron de melodías que me mecen y anuncian libertad. Mi cuerpo se
relajó un poco más cada día.
Empecé a caminar más
lento. Las cadenas se iban cayendo sin apenas hacer ruido. Las metí en mi
trastero, tras los recuerdos del pasado. La coraza de acero se abrió con
estruendo y mi alma pudo, por fin, respirar.
Me paré en seco. La
urgencia de la huida dentro de un laberinto sin salidas me impedía ver que sus
paredes eran ladrillos de miedo. Grité fuerte y sus muros comenzaron a caer
despacio, emitiendo un ruido que me impedía escuchar los pasos del carcelero, que
se acercaba pidiendo explicaciones y exigiendo sumisión.
La vanidad del inseguro,
de quien ansía lo ajeno, se hizo presente. Se metió en mis lugares secretos y
descubrió sin permiso mis planes de vida. Leyó mis sueños, mis deseos, mi
esencia. Se metió en un lugar donde él no tenía espacio. No lo soportó. Su respuesta
llegó sin avisar. Mis oídos se llenaron de su grito de odio. Mi cuerpo recibió
el golpe de su puño y se llenó de espinas. Mi vientre, invadido por su cuerpo,
se transformó en un vacío de vida, sanguinolento y untuoso de dolor.
Volví a mi cárcel. Con la
cabeza gacha y la piel descarnada, entré con pesadumbre. Cerré la puerta tras
de mí. Los alimentos ya no me nutrían y el agua no llegaba a mis ojos para
calmarlos. Mi alma en pena recorría cada pasillo en busca de sus sueños sin
encontrar más que miedo y cerrojos. Las ventanas se cubrieron de tablones y la
puerta se transformó en una reja sin cerradura. Las risas de mis hijas se
convirtieron en un silencio que pedía perdón. Los cuchillos se guardaron junto
a martillos y máquinas del terror, que me recordaban cada día que la salida era
la muerte y que yo no tenía derecho a decidir cuándo me acogería en sus brazos.
Así que llegó el día en
que decidí morir en vida y, desde entonces, recorro mi cárcel sin ser
consciente de que ahora sí la puerta está abierta de par en par.
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