Soy océano
Nací de un manantial de las altas cumbres íberas. La roca me trajo al mundo a través de sus grietas y vi la luz un miércoles del mes de noviembre.
Las praderas mullidas abrazaron mis aguas límpidas y frías y me llevaron, siempre que lo necesité, hacia recodos de piedra cubiertos de raíces y juncales.
El camino, a veces tortuoso, se transformó en saltos y pendientes donde mi espuma pudo llevar oxígeno a lo más profundo y oscuro.
Campos de siega me trajeron calma y sosiego. Me dieron la oportunidad de acoger en mi cauce cantos rodados, hogar de peces de todos los colores.
Mis orillas se convirtieron en refugio de aves silvestres. Ofrecieron un nido para descansar al sol. Los nenúfares fueron lugar de conciertos ante las lluvias de la primavera.
Puentes de piedra ancestral permitieron que su sombra fuera escondite de depredadores y los sauces llorones que crecían a su lado cepillaron mi melena con ternura.
Mis aguas frescas y claras fueron matriz que alimentó otras vidas. Me dieron la oportunidad de ser lugar de descanso y disfrute, y cada verano se llenaron de risas infantiles y abrazos de amores tempranos.
Con el discurrir de mi camino, llegué a un estuario colmatado de recuerdos que dividieron mi lecho en cauces que tomaron diferentes cursos. La red que se generó pasó a ser lugar de descanso de aves migratorias. El reflejo de sus plumajes rosados adornó mi piel durante los ocasos.
Me adentré en un mar de aguas saladas. Las corrientes me arrastraban de un lado a otro y yo busqué un lugar donde conservar mi dulzura. La caracola me acogió.
Las olas me golpearon contra los acantilados. Las mareas me recordaron que mi resistencia me devolvería una y otra vez al mismo lugar, como un ciclo que se repite sin descanso.
Me rendí y salí al exterior para permitir que mi cuerpo se transformara en mar y pudiera continuar mi viaje. El eco de mi refugio todavía me recuerda que puede ser mi hogar si lo necesito.
Descubrí bancos de doradas y estrellas de mar. Miré curiosa las perlas nacaradas que escondían gigantes ostras. Llegué a costas desconocidas, donde descansé entre campos de posidonias. Vi barcos de vapor, pulpos, medusas y delfines juguetones.
Me dejé llevar, así que llegué al estrecho que me separa de mi destino. El océano se muestra majestuoso y templado, como un espejo infinito del cielo estrellado. La fuerza del mar y el frío colapsan mis sentidos. Mi mar Mediterráneo queda tras de mí como un cuenco donde yo ya no soy y me anima a buscar otros continentes.
El Atlántico me saluda con cántico de ballenas jorobadas, con vuelo de alcatraces y migrar de cigüeñas. El océano se convierte en mi nuevo hogar y yo lo observo asustada, pues sus tormentas son desconocidas y no tengo mapa ni brújula que me lleven a islas donde pueda descansar.
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