El peso de lo necesario
Llego al punto de inicio
que marca mi track. Reviso mis cosas una vez más. Estoy segura de que me olvido
de algo, pero no sé qué es. Eso me perturba. Cuando cargo mi mochila sobre la
espalda, soy consciente de que pesa más de lo necesario. No hay problema. Sé
que puedo con ella, aunque luego algo tenga que doler.
Me anudo un jersey extra
en la cintura. El viento puede convertirlo en una vela que me haga caer desde
lo alto. Pero a mí me asusta más el frío. Ni las alturas ni los vendavales me
han matado hasta ahora.
Repaso el camino. Calculo
que en menos de ocho horas estaré de vuelta en el coche y podré hacerlo antes
de que la noche oculte el sendero. Lo que tengo claro es que, si no veo las
montañas, me desoriento.
Siento la boca
acartonada, que convierte mi voz en un susurro rasgado. Toso para calmar el
ahogo, pero lo que necesito es beber. No lo hago. Tendría que buscar en lo más
profundo de mi mochila aquello que de verdad me permita hablar. Como hacerlo
puede llegar a convertirse en un inconveniente, sostengo mi mutismo. El
silencio no nos mete en problemas.
—¿Vamos?
Me giro con sorpresa: no
estoy sola. Tengo tantas cosas en mente que me había olvidado de ella.
—Tiene pinta de que va a
llover —me dice sonriendo.
—Deberías coger tu
chubasquero —respondo algo molesta.
Pero no lo hace. La veo
mirar tranquila al cielo. No lleva apenas nada en su mochila. Ni siquiera
parece ir lo bastante abrigada. Me pone nerviosa. Me incomoda tanta ingenuidad.
Está claro que no conoce lo que puede llegar a ser la montaña ni sus peligros.
Me tocará de nuevo asumir su irresponsabilidad. Pero me callo. Digo un «vamos»
neutro y afónico y comienzo a andar.
El ascenso más acusado
comienza temprano. La pradera inicial da paso a un bosque de hayas y abetos en
plena explosión otoñal. El musgo cubre los troncos de los árboles, que todavía
conservan sus hojas. Esto nos permite caminar bajo una sombra que oculta el
calor del sol. Acelero el paso para llegar con premura a lo alto del macizo y
poder comer en un lugar templado donde podamos protegernos del viento.
Escucho sus pasos tras de
mí. A veces la oigo canturrear canciones ridículas; en otras ocasiones, siento
que se detiene. El silencio provoca que tenga que parar. Me doy la vuelta y
descubro que está oliendo un árbol o tocando con las yemas de los dedos una
roca cubierta de líquenes.
—¡Que no llegamos!
Me mira. Sus ojos oscuros
brillan. Su boca dibuja una curva suave y serena. Creo que no la soporto. No se
da cuenta de que, si nos retrasamos, puede llegar la noche antes de que
regresemos al coche. No entiende que entonces hará frío, que nos perderemos y
que nadie podrá venir a rescatarnos. Si sigue así, no solo se pondrá en riesgo
a sí misma, sino también a mí.
La veo coger una espiga
del suelo y metérsela en la boca como si fuera un cigarro. ¿Para qué demonios
hará algo tan absurdo?
—Papá me dijo una vez que
los pastores solían coger espigas del campo para masticarlas y evitar tener
sed.
Suelto una carcajada y
exclamo:
—Menuda chorrada te has
inventado.
Conforme lo digo, siento
mi arrepentimiento, pero nada me hace frenar la cascada de palabras que viene
detrás.
—A mí las tonterías que
me cuentes no me sirven, ¿sabes? Porque, si tienes sed, lo que tienes que hacer
es beber agua. Y todas las chorradas que me cuentes de papá no me valen. Parece
mentira que recuerdes estas cosas y no todo lo demás.
Me mira en silencio. Su
rostro ha dejado de brillar. Veo cómo sus ojos se humedecen y suelta la espiga,
que cae al suelo. Baja la mirada y continúa el camino.
El nudo de mi garganta
baja hasta el estómago y se convierte en un retortijón que me dificulta
respirar. Aprieto el abdomen y tenso el rostro para evitar mostrar mi
incomodidad. Después, la sigo. Ahora es ella quien va delante de mí. ¿Será
capaz de no perderse?
El macizo se alza ante
nosotras. El sol continúa en lo alto, lo que nos permite parar en un lugar
despejado y protegido del viento. Ella sigue sin hablar. Se ha sentado en una
roca y está comiéndose su bocadillo. Creo que no lleva nada más. Tan solo un poco
de agua, que bebe despacio.
—¿Quieres un trozo de
chocolate? —le digo mientras me siento a una distancia prudencial y me coloco
dándole sutilmente la espalda.
Su rostro apático me dice
que no. Así que añado:
—Pero vamos a ver, ¿es
que acaso me vas a dar el día? Aquí hemos venido a pasarlo bien y tú pareces
querer amargarnos a las dos.
La veo desvanecerse. Su
figura se diluye. Su piel ahora es gris y sus piernas se convierten en
terracota, que se desmenuza con el aire montano. Tan solo permanece su mirada:
las pupilas dilatadas, redondas y profundas, se clavan en mí. Los iris, que
antes rozaban la negrura, adquieren brillos y matices color miel y se
convierten en el lecho de un torrente de lágrimas. Finalmente, desaparece por
completo.
Me he quedado sola.
Mejor. Así llegaré sin problemas. Estoy cansada de sus tonterías. Me levanto y
me pongo el jersey extra, que me oprime el pecho. Vuelvo a cargar la mochila y
ajusto las correas al máximo para evitar que me haga perder el equilibrio. La
cumbre no está demasiado lejos. Tan solo una hora más y lo lograré.
La comida se me revuelve
dentro del estómago, pero continúo con mi marcha. Tengo calor. Sudo más de la
cuenta. Con total seguridad, después tendré frío, pero he de llegar cuanto
antes. Las piernas me piden tregua. Pero no voy a andar parando y perdiendo el tiempo como ella, eso sí que podría
convertirse en un riesgo.
He llegado al último
tramo. La pared vertical está frente a mí. Puedo ver unas cadenas ancladas a la
roca que me ayudarán a ascender con mayor seguridad. Además, hay unas argollas
que pueden servirme de agarraderas.
Asciendo. Más de treinta
metros de pared me hacen sentir vulnerable. La mochila me pesa cada vez más.
Farfullo para mis adentros porque las piernas no me responden como yo quiero. Coloco
mis pies sobre una repisa que me permite descansar. Con la mano derecha agarro
una de las argollas, antes de dar el siguiente paso, pero esta se desprende de
la roca. Maldigo mi suerte al sentir cómo pierdo el equilibrio y el peso me arrastra
hacia el vacío.
Entonces siento que
alguien corta las cintas de mi mochila. El peso desaparece, con fuerza me agarro
a una cornisa, donde logro sostenerme y recuperar el aliento. Escucho cómo
todas mis cosas golpean el suelo y se hacen trizas.
La veo a mi lado, con la
espiga en la boca y la mochila liviana. En la mano izquierda sostiene una
navaja y, con la otra, mantiene mi mano derecha aferrada a la montaña. Me
sonríe con dulzura y me susurra que todo irá bien, que necesito descansar.
Me fundo en su abrazo.
Ahora sé lo que había olvidado.
Pilar Pastor
27/10/26

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