La puerta de la sinagoga
La puerta está siempre cerrada. Se trata de una puerta de grandes dimensiones, enmarcada en un arco de medio punto y con unos grabados que he tratado de descifrar muchas veces. Mi esposa, Raquel pudo traducirme el que aparece bajo la estrella de David: «Esta es la puerta del Señor; por ella entrarán los justos».
La imponente sinagoga se
encuentra en una plaza situada en la zona oeste del pueblo. Desde allí se
pueden observar los montes cercanos, dorados por el otoño que se avecina.
Como cada tarde, acudo,
me siento en su escalinata y espero a que suceda. Al cerrarse la noche, regreso
a casa.
Pero hoy me he retrasado.
Cuando he llegado, ya había un hombre sentado bajo el quicio de la puerta junto
a su perro. Me acerco y me quedo observándolos con desagrado.
Es un hombre anciano. Al
menos, lo aparenta. Calculo que tiene unos ochenta años, aunque la vida en las
calles puede avejentar nuestro aspecto y llevarnos a engaño. Tiene una larga
barba descuidada y repleta de canas. Lleva un viejo sombrero que le tapa los
ojos. El ala está deformada por uno de los lados, y las manchas y los remiendos
se encuentran dispersos por toda su superficie. Su mirada es ajena a mí. Apenas
se mueve. Una capa mugrienta cubre su cuerpo, aunque permite adivinar su figura
huesuda y alargada. Sus pies están enfundados en unas botas que llevan muchos
años caminados.
El perro no deja de
mirarme. Percibo sus ojos oscuros y redondos fijos en mí. Al acercarme, se ha
puesto de pie y tiene el rabo tieso, como si quisiera escapar de su cuerpo. No
quiero que me mire así. Nunca me han gustado los perros, y este aún menos.
Paso de largo y me acerco
al banco que se encuentra al otro lado de la plaza. Me siento con ciertas dudas
sobre si servirá; supongo que sí. Además, por un día no creo que sea
importante. Llevo más de diez años acudiendo a la puerta y solo hoy estaré a
unos escasos metros, en caso de que se abra.
No puedo dejar de pensar
en ese hombre y su irritante perro. No se van, a pesar de que la noche se
acerca y la temperatura está bajando a un ritmo inusual. Uno se encuentra
semidormido y el otro me mira con descaro, retándome desde mi puerta.
La luz del ocaso está
apurando sus últimos minutos y se puede ver un punto brillante en el cielo. Mi
esposa me dijo un día que, en realidad, aquello era un planeta, pero no estoy
seguro de ello. Busco entre mis recuerdos qué punto brillante del cielo podría
ser un planeta y no una estrella, pero no logro recordarlo. Quizá sea Vega, la
estrella que ilumina el cielo al atardecer, o Venus, el planeta de mi mujer, el
planeta del amor.
Me desespera haber
olvidado lo que me dijo. Carraspeo y retorno mi atención hacia la puerta. El
viejo se ha despertado. Ha sacado de debajo de sus ropas un bocadillo envuelto
en papel de periódico manchado de grasa. Comparte la cena con su compañero,
que, a pesar de estar deleitándose con el manjar, aún me observa de reojo. Su
mirada pasa de su dueño a mí en un lapso de tiempo casi imperceptible. Cuando
el bocadillo se termina, fija en mí sus ojos como un imán. Esto me incomoda
todavía más.
La puerta se abre. Me
levanto como un resorte. En todos estos años, nunca se ha abierto. Llevo tanto
tiempo esperando que no puedo creer que sea precisamente hoy cuando lo haga y
que no sea yo quien atraviese su umbral.
Consigo ver, a través del
marco, la figura de alguien robusto. Escucho unas voces que parecen dirigirse
al anciano. Este se levanta con un gesto ligero, como quien lleva mucho tiempo
queriendo entrar. El anciano y el perro se adentran en el templo. La puerta se
cierra tras ellos.
No sé qué hacer. Doy
vueltas en círculo alrededor de la plaza mientras mascullo exabruptos. La noche
ya se ha cerrado y tan solo hay una farola en lo alto del mirador de la casa de
enfrente que alumbra el lugar. Me han robado el puesto. Camino cada vez más
rápido, golpeo todo lo que encuentro y balbuceo palabras de odio hacia el
anciano.
Me acerco a la
escalinata. Subo escalón a escalón con gesto firme y determinación, sin perder
de vista la puerta por si vuelve a abrirse o por si puedo llegar a forzarla.
Cuando llego hasta ella, contengo la respiración y acerco el oído a la madera
con la esperanza de escuchar qué sucede ahí dentro.
Entonces oigo un sonido
semejante al de miles de aves sobrevolandome. Al principio se trata de un
zumbido que se intercala con aleteos y siseos. De fondo, escucho la brisa y el
movimiento de las hojas de los árboles. Todo ello dentro de la sinagoga.
Después, un golpe sordo acalla todo lo demás. Entonces percibo una presencia al
otro lado de la puerta.
Retrocedo y caigo varios
escalones de espaldas. Con dificultad, intento levantarme, pero mis piernas se
enredan entre sí. Mis brazos me ayudan a arrastrarme unos metros hasta alcanzar
un lugar donde las sombras puedan ocultarme. El silencio de la plaza me resulta
aterrador.
La puerta vuelve a
abrirse y permite que el perro escape del templo y corra hacia mí. Me hago un
ovillo y hundo la cabeza entre los brazos. Cuando vuelvo a mirar, el perro del
viejo se encuentra a mi lado. Junto a él no hay nadie más.
Entonces escucho una voz.
Es neutra, grave e impersonal. No sabría decir si pertenece a un hombre o a una
mujer. Me giro y busco de dónde proviene. Casi no puedo respirar. Las nubes han
tapado el cielo y la penumbra es cada vez más espesa. ¿Será que por fin ha
llegado el momento que tanto llevo esperando?
—No seas necio —escucho
de nuevo.
Miro al suelo y veo que
es el perro quien me habla. Me froto los ojos y me doy una bofetada para
despertar de lo que creo que es una pesadilla.
Pero sigue aquí. Me mira
fijamente y continúa hablando:
—¿Qué esperas que la
muerte haga por ti?
—¿De qué hablas? —le
contesto, sorprendido de estar hablando con un perro.
En ese instante, el
animal se da la vuelta y corre de nuevo hacia la sinagoga. La puerta se abre
para darle paso y, tras un portazo, regresa el silencio.
Miro mi mano con las dos
alianzas. Las manoseo. Las giro durante unos minutos. Saco una de ellas y la
coloco en mi palma. La cierro con fuerza. Alzo la mirada y veo una bandada de
aves sobrevolar las escasas nubes que aparecen en el horizonte.
Entonces recuerdo las palabras de Raquel:
es Venus, el planeta que vence las tinieblas de la noche. Sonrío e inicio el camino a casa.
Quizás mañana regrese. O
quizás no.
Pilar Pastor 20/10/26
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