La traición del último secreto
Juan apaga el cigarrillo
en el viejo cenicero repleto de colillas y se sacude las manos una vez más.
Mira por la ventana y observa las gotas de lluvia caer sobre el asfalto. María
se acerca y se detiene a su lado. Puede oler su perfume. Su espalda se tensa al
percibir aquel olor dulzón. Sujeta el visillo con fuerza y traga saliva para
quitarse el sabor a nicotina.
—Tenemos que hablar, amor
—le dice buscando su mirada.
—No me llames así. Ya te
he dicho que nuestro matrimonio es un fracaso. De hecho, se rompió hace mucho
tiempo. Otra cosa es que tú no quieras asumirlo.
Juan se tambalea sobre
sus pies. La respuesta de María lo golpea sin piedad. Un látigo de calor
asciende por su cuerpo, le seca la garganta y se la oprime. No puede hablar.
Posa su mano temblorosa sobre la cintura de María. Percibe cómo ella se contrae
y se aleja. Esta vez la sujeta con fuerza y la hace girar hacia él. La mira a
los ojos. Observa su rostro, que sigue conservando la belleza infantil de la
que él se enamoró.
Nota cómo le tiembla el
labio superior antes de que pronuncie unas palabras que no tienen sentido para
él. No para él.
—Juan, estamos esperando
un bebé. Estoy embarazada de dos meses. Me ha pedido que nos vayamos a vivir
juntos y le he dicho que sí.
María se zafa de sus
brazos y se sujeta el vientre. Juan siente cómo le sube la náusea. El ácido
asciende hasta su boca y una arcada lo hace retroceder. No puede sostener su
mirada ni un segundo más. Aprieta los puños con fuerza y golpea la mesilla.
El dolor le recorre todo
el brazo. Se gira y la mira asustado. María ha soltado el móvil y este ha caído
sobre la cama. Tiene la mirada perdida, fija en el suelo.
Balbucea algo
ininteligible y se acerca de nuevo a ella. Con suavidad, peina sus cabellos con
sus dedos y, entre sollozos, le dice:
—Solo te pido una cosa,
tan solo una, amor. Antes de que te vayas, déjame llevarte al mirador. Sólo una
vez. Nuestra última vez.
María lo mira seria, pero
no contesta. Coge de nuevo su móvil y empieza a revisarlo.
—No quiero, Juan. Eso
solo nos va a hacer daño —le dice sin levantar la mirada mientras contesta un
mensaje.
—Por favor, amor. Una
última vez. Es lo único que te pido —responde con voz desesperada.
Emite un pequeño gemido
al terminar la última palabra y rompe a llorar.
De reojo, puede ver cómo
María se estremece. Se acerca de nuevo y le dice:
—Amor, ese hombre está
casado. Tiene su propia familia. ¿De verdad crees que va a dejarla por ti? Te
ha estado utilizando. Ese bebé es un inconveniente para él. Yo soy tu familia.
No seas ingenua. Vas a acabar sola. ¿Quién te ayudará a sacarlo adelante si me
dejas? Nadie.
Cuando termina, la
abraza. Lo hace con suavidad y le susurra al oído:
—Soy tu marido. Yo te
amo. Siempre estaré a tu lado para cuidarte a ti y al bebé, si decides tenerlo.
Nota cómo el cuerpo de
María lo rechaza.
—Pero ¿qué dices? Claro
que quiero al bebé, y él también.
La voz de María se
entrecorta al decir estas últimas palabras. Calla unos segundos antes de
continuar:
—De acuerdo. Creo que te
debo esto, por nosotros y lo que nuestro matrimonio ha supuesto. No quiero
verte así. Iremos al mirador para despedirnos, pero luego tú te vas.
Juan sonríe sin que ella
lo vea. Por su mente pasan mil pensamientos. La aprieta con fuerza contra su
pecho para sentirla una vez más. Su corazón se acelera y el calor lo consume.
No puede evitar meter la mano bajo la camiseta de María para abrazar su espalda.
—Ya basta —dice ella
mientras lo aparta con fuerza—. Acabemos con esto de una vez. Te he dicho que
te acompaño para despedirnos porque veo que estás sufriendo y no quiero verte
así. Ya lo sabes. Pero no me toques.
El coche recorre veloz la
distancia que los separa del lugar donde se conocieron. Ambos permanecen en
silencio durante el ascenso del puerto de montaña. La lluvia cae con fuerza y
apenas permite ver la carretera. Juan sube el volumen de la música, enciende un
cigarrillo, inhala profundamente y mira a María.
Entonces aprieta el
acelerador a fondo antes de tomar la curva. El coche ruge por el esfuerzo del
motor. María grita «¡No!», pero su voz apenas se escucha bajo el estruendo del
choque contra el muro.
Después, llegan el
silencio y la oscuridad.
—Señor López, su mujer ya
ha despertado del coma —escucha decir a su espalda—. Queremos recordarle que
está muy débil debido a sus lesiones. Le hemos realizado un reconocimiento y
hemos detectado problemas en el habla y algunas lagunas de memoria. No podemos
asegurarle que llegue a recuperar todas sus facultades, pero, en general, está
orientada.
Juan observa con seriedad
al equipo médico que le está transmitiendo la información.
—Gracias. No saben cuánto
les agradezco los cuidados que han tenido con mi esposa. Llegué a pensar que
iba a perderla.
Apoyándose en una muleta
a causa del leve cojeo que le ha quedado, Juan se acerca a la puerta de la
habitación donde María descansa desde hace más de seis meses.
—No para de hablar de
irse a vivir a una casa en la playa y de preguntar por su bebé —dice una
enfermera.
Esta vez es el director
médico quien se dirige a él:
—Todavía no sabe que lo
ha perdido. Tendremos que comunicarle esta noticia con delicadeza.
Juan los mira con gesto
serio y asiente.
—Efectivamente, teníamos
pensado mudarnos en breve a la costa. Respecto al bebé, no se preocupen, yo me
encargo de darle la noticia. Les aseguro que volveremos a intentarlo.
Saca un pañuelo del
bolsillo del pantalón, se seca los ojos y la nariz y abre la puerta con sigilo.
—Amor, ya estoy aquí.
Amor, no sabes qué alegría siento de que hayas regresado.
Pilar Pastor
14/10/26
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