América
Por fin nos han dado las llaves. El viaje ha sido largo y tengo muchas ganas de llegar a nuestra nueva casa. Tenemos todas las cosas en el camión de la mudanza, que espera paciente a que podamos darles acceso.
La calle a la que nos
mudamos me resulta familiar. Es como si la hubiera visto antes. Esto resulta
algo inverosímil, pues estamos en otro país; quizás lo he soñado, o lo he visto
en la televisión, o quizás sea un déjà-vu. Me sucede con frecuencia y en estos
últimos meses aún más.
Javier me ha dicho que me
adelante con las niñas mientras él organiza con los transportistas dónde
colocar cada mueble. Es la primera vez que me propone desentenderme y lo recibo
agradecida. Creo que se hace cargo de mis dolencias y mis fuertes dolores de
cabeza. Estoy muy cansada y me vendrá bien parar al menos unos minutos. Me
encanta la idea de poder ver la casa tranquila y disfrutar de esos primeros
momentos de esta nueva etapa.
La llave entra con
dificultad en la cerradura. Debe de ser porque lleva mucho tiempo cerrada, así
que empleo fuerza para abrirla y poder entrar. Huele a polvo y humedad.
Enciendo las luces del pasillo de entrada, que me muestra una estancia alargada
y sombría, con puertas a ambos lados desde la que se accede a las demás
habitaciones. Insto a mis hijas a que elijan y se repartan sus dormitorios
mientras yo me dispongo a abrir las ventanas y ventilar.
Escucho un fuerte golpe
en el descansillo. Me asomo y descubro a uno de los operarios empujando el sofá
con la ayuda de una minúscula carretilla. Yo continúo con mi bolsa colgada en
el hombro, pero le ofrezco mi ayuda. Él me responde con un «se lo agradezco,
señora».
Escucho a mis hijas
pelear por el reparto de los dormitorios. Deberán compartir uno de ellos y, por
lo que veo, ninguna está dispuesta a ceder ese espacio de intimidad, así que,
en cuanto me libero de mi tarea de transportista, acudo para intervenir y tomar
una decisión que sé que será injusta para dos de ellas.
Logro alcanzar algo de
paz y aceptación. Regreso al cuarto de estar, donde los muebles ya se agolpan
uno por uno junto al sofá. Visualizo cómo distribuir los muebles en un collage
improvisado y me pongo en marcha para colocarlos cuanto antes, pues las cajas
serán las próximas en llegar.
Ahora son tres operarios
en mi casa. Me preguntan dónde colocar cada enser, cada caja, cada embalaje, y
les voy dando directrices casi instintivas. No me da tiempo a pensar. Mi cabeza
se nubla y el dolor regresa. Suspiro. Me masajeo las sienes. Voy a la cocina y
preparo un café muy cargado para evitar mi somnolencia. Así aprovecho también
para tomarme otra pastilla.
Mi cuerpo se queja y eso
me molesta. Me siento una desagradecida, pues no puedo tener más suerte por
esta familia, este amor que siento y necesito compartir, y esta oportunidad de
vivir en América. Esta nueva vida es un regalo. Una oportunidad de cambio.
Se hace de noche. Lo
tengo todo casi colocado. Mis uñas se han ennegrecido, mi ropa está sucia y mi
pelo enredado en un moño improvisado. No he comido más que el sándwich de la
gasolinera, además de unos cuantos cafés.
Javier aparece por la
puerta, está exultante, de buen humor. Nos trae la cena y la promesa de
conectar el televisor para poder ver una película todos juntos en familia.
Nuestra primera cena. Aquí en América.
Las niñas le reciben
entre vítores, pues ha traído albóndigas en salsa, que es su comida favorita.
De postre tomaremos helado de tarta de queso. Miro con hambre la comida
mientras recuerdo que los lácteos me dan dolor de estómago y que no como carne.
Pero es nuestra primera cena y ha de ser inolvidable. Así que preparo la mesa y
caliento lo que sé que quedará en mi memoria.
Me abraza. Le beso. Lo
hago agradecida, por esta nueva oportunidad, por el cambio, por América. Mi
cuerpo se arquea hacia atrás. Le miro, sus ojos abiertos están clavados en mí.
No alcanzo a comprender su gesto. Entonces se aleja. Las niñas aplauden nuestro
abrazo y ríen nerviosas.
—Dúchate.
Escucho esta palabra
detrás del leve pitido de mis oídos.
—Hueles mal.
Me disculpo y me alejo
avergonzada. Corro al cuarto de baño y les pido unos minutos de espera.
Cuando termino, regreso a
la cocina, pero ya están todos sentados en el sofá del cuarto de estar,
cenando. Mi plato se encuentra preparado. Cuatro bolas de carne. Frías. A la
espera de ser ingeridas por mí.
—¿Qué peli vamos a ver?
—pregunto mientras mastico sin oler, sin salivar, sin tocar la comida con mi
lengua, ni siquiera con mi garganta.
—La puta y el rey
—dice mi marido sin dejar de mirar la pantalla.
Me tenso. Tengo ganas de
vomitar, pero trago de golpe el último trozo de carne. El helado me quitará el mal
sabor de boca.
Le miro. Su gesto es
serio. No deja de manipular el mando hasta que logra poner en marcha la
aplicación. Entonces mira a las niñas y les dice que se vayan de una vez a la
cama.
Lo hacen. Sin rechistar.
Se marchan dedicándome un sencillo «buenas noches, mami».
Antes de que ellas
cierren la puerta de sus dormitorios y yo haya terminado mi helado, el
cansancio se apodera de mí y me quedo dormida en el sofá. Cuando la película
termina, mi marido me despierta. Escucho un «vamos a dormir». Tengo más náuseas
y un dolor agudo en la cabeza que me marea. Será por los lácteos. Recojo. Mi
cuerpo se tambalea de camino a la cocina. Estoy agotada, necesito meterme en la
cama. Me coloco de lado, de espaldas a la ventana, encogida dentro de mí misma.
Pero no puedo dormir. Mi cuerpo se asoma al abismo del colchón y observo el
suelo. Así hasta que amanece.
Pilar Pastor
02/11/2026
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